martes, 18 de diciembre de 2012

SAN AGUSTÍN DE HIPONA: ÉTICA

San Agustín. Apuntes 6


Desde la concepción dualista del hombre (cuerpo y alma), San Agustín considera que el alma está presente en todo en el cuerpo, no siendo de este modo el cuerpo exactamente como una cárcel en la que el alma se encuentre "encerrada". Ahora bien, si esto es así, ¿cuál es el fin de la vida humana? El ser humano en tanto que ser que conoce, toma decisiones y realiza acciones, es decir, que tiene una vida por vivir, ¿posee algún conocimiento que le permita vivir encaminándose sin error hacia el fin que le es propio? ¿Qué papel juega la Voluntad en este terreno? ¿Cómo podemos explicar la existencia del mal? 

a)      El pecado original.
Tal y como ya hemos visto en la exposición de la teoría antropológica de San Agustín, se introduce en el pensamiento ético un elemento histórico totalmente nuevo: el pecado original. Dios es el alfarero que nos hace a todos de la misma "masa", pero esa masa es una masa dañada y condenada en su origen (massa originaliter tota damnata). Por eso, todos los seres humanos nacen en pecado y están destinados a la salvación o a la condena eterna. Como consecuencia del pecado original, el alma –que está hecha para dirigirse hacia Dios– se vuelve exclusivamente hacia la materia, siendo dominada por la ignorancia y por los malos deseos. Sólo podrá ser liberada por la Gracia de Cristo.
b)      La libertad de arbitrio (liberum arbitrium).
El cristianismo, desde su origen, había traído a primer plano la libertad individual y la posibilidad de elección entre el bien y el mal. Los filósofos griegos apenas había reflexionado sobre la libertad en el contexto moral, principalmente a causa de su intelectualismo que, como en su momento analizamos, los llevó a identificar el mal moral con la ignorancia: según esto, el que obra mal no lo hace porque elige libremente realizar una conducta reprobable, sino porque su ignorancia lo lleva a creer que tal conducta es la mejor.
 La afirmación de la libertad en el ser humano es un elemento fundamental de la antropología cristiana. El hombre es libre para aceptar o no aceptar el mensaje cristiano. El hombre es libre de salvarse o condenarse. Es cierto que, según fórmula San Agustín esta cuestión, la voluntad tiende necesariamente a la felicidad y es cierto también que el único objeto adecuado para la felicidad humana es Dios. El hombre, sin embargo, carece de una visión adecuada de Dios y de ahí que le sea posible y bastante normal dirigirse a menudo a bienes materiales, temporales y mutables, en vez de tender al bien inmutable que es Dios. El hombre se aparta en tal caso del auténtico objetivo de su felicidad y es responsable de tal alejamiento que no es sino el resultado de su propia decisión libre.
 La experiencia cristiana de la libertad es, por lo demás, una experiencia dramática ya que la libertad se encuentra amenazada doblemente: por un lado, por la corrupción de la naturaleza del alma, que le inclina hacia el mal; por otro lado, por la fuerza de la gracia divina, que le empuja hacia el bien. En efecto, la doctrina cristiana del pecado original transmitido a toda la humanidad parece llevar a la conclusión de que el hombre –dado el desorden de su naturaleza caída– no es “apenas libre” de hacer el bien. Pero, por el contrario, la doctrina cristiana de la gracia parece llevar a la conclusión opuesta de que el hombre, cuando es alcanzado por tal gracia, no es “apenas libre” de hacer el mal. Ante este conflicto de la libertad, el Pelagianismo había optado por minimizar la inclinación del hombre hacia el mal y, con ello, había negado la necesidad de la gracia, llegando una postura según la cual el hombre por sí mismo es capaz de obrar bien. San Agustín se opuso enérgicamente al Pelagianismo, sin por ello negar la libertad radical del hombre.
c)  Origen y naturaleza del mal. 

La existencia del mal en el mundo (males físicos y males morales o humanos) es uno de los temas que más hondamente han preocupado al pensamiento de todos los tiempos. ¿No es Dios, en último término, el responsable de la existencia del mal? Este problema preocupó también profundamente San Agustín. En su juventud trató de hallarle solución adhiriéndose al maniqueísmo. Esta doctrina admite la existencia de dos principios, el bien y el mal. Posteriormente abandonó esta explicación maniquea abrazando una postura de corte neoplatónica. Según ésta, el mal no es algo real, sustancial o positivo, es decir,  no es una realidad positiva, sino una privación, una carencia de bien (como la oscuridad no es sini privación de luz). Al no ser algo positivo, algo real, no puede ser atribuido a Dios ni es tampoco necesario atribuirlo a una causa o principio de tal mal. Esta doctrina (tal vez insatisfactoria, como cualquier otra que pretenda conciliar la existencia del mal y la voluntad divina) fue unánimemente aceptada por los teólogos cristianos y por la Iglesia.